Mexico Food

Tortas: Carbohydrates for the heart

Mexico Food
Tortas: Carbohydrates for the heart

Mariana Coppel @Marianacoppel

 

As a foreigner you might not notice a big flaw that Mexico City has, you might even suppose it is a positive attribute: its madness. A madness or chaos which you can only overcome through a very basic resource: energy. No, not a cosmic energy or originated in the Universe, but the energy given by carbohydrates to the human body. Departing from this need, its street food is unconsciously designed to eliminate the slightest glimpse of hunger. It kills, annihilates, and sometimes breaks apart a slice of guts. This doesn´t represent any problem at all since the human body possesses 12 meters of intestine, which means that the garnacha (Mexican slang for a street snack) will only expand and fortify it. Local food has the quality of filling you up. For example the torta (Mexican sandwich), the unquestionable icon, is an attempt in overeating for the “electro pure” genre who eat nothing but kale. 

In this city there is a constant struggle for the lack of water, transportation, space, etc… but never for the lack of tortas. They are everywhere: sheet installations in all kinds of shapes and chilling sizes. As an example, there is a legendary spot on 150 Recreo Avenue, Iztacalco, where the small torta weights half a kilo, the medium torta one kilo and a half, and the jumbo five kilos. Five kilos of butter, Manchego cheese, onion, tomato, avocado, sour cream, roasted ham, chipotle chile seasoned with almond and peanut, and as a side order, the only “chewable water” in the world (according to its owners). The water is mixed with condensed milk and strawberries, as if the rest was not enough. 

But tortas de pierna (ham sandwiches) can be found all over Mexico and with much more decent bread. The bread of the tortas from Mexico City is called telera, a flavorless dough capable of blocking the esophagus by itself. But when turned into what stands as the flagship cuisine of the capital city, it becomes an overwhelming jam of corn and flour which is usually served with an auxiliary to swallow it, the atole, another ancient classic that doesn´t stand out for its lightness.  If you want to show off and say you really tasted the traditional, then you must try the tortas de tamal and chilaquil. Let´s breakdown the terms. Tamal: cylindrical corn cramped with a bit of meat in the middle. Chilaquil: softened pieces of tortilla that come with either red or green sauce, sour cream, chicken, and cheese. So add up, telera + tamal or telera + chilaquil = an energy bomb, a reiteration of dough to avoid feeling hunger for the rest of the day (or the month), and all for less than 30 pesos. 

The lightest version comes with raw tamal which means it is not fried. When fried, this refined dish changes its name to torta guajolota. Just by looking at the bubbling fried corn dipped inside a sauce pan with burning oil can give you a heartburn, but a scratch of poison has never killed anybody, and particularly not in this city. The telera acts as a blanket for the tamal, which remains soft inside and crunchy outside, all of it dipped inside green sauce, plus an atole served on a Styrofoam cup, the drink to make it slide down the throat. The best one I have ever tried is in Iztapalapa, at the corner with Periferico and Revolucion Social, too far out to reach with just that noble goal. If your curiosity is bigger than yourself, stroll along any garnachero aisle (there´s one that extends for miles, known as garnalia, on Ejercito Nacional).  

 

The chilaquil tortas are quite different, popular and sought after, especially on the world-known corner La esquina del chilaquil (Alfonso Reyes and Tamaulipas, Condesa neighborhood). But beware of the slow process, they run out early and if it´s one of those hungover days, the line goes around the block. The atomic bomb of the house is a telera filled with green chilaquiles and cochinita pibil (shredded spicy pork), a bit of purple onion and lots of sour cream. It can be served with chicken or milanesa (breaded veal cutlet) instead; greasy, flat, gigantic… another icon of this city that requires a review on its own. 

 

 

La Ciudad de México tiene un defecto que visto desde fuera, con ojos de foráneao,  pasa a la categoría de cualidad: es un caos. Un caos en el que se sobrevive con un recurso muy básico: la energía. Y no, no es la energía cósmica del chacra o el universo, es la energía que proporcionan los carbohidratos al cuerpo. Esta necesidad explica que su comida callejera esté inconscientemente diseñada para acabar con el más mínimo asomo de apetito. Lo aniquila, lo mata y, en ocasiones, también desbarata un cacho de tripa. Esto no es para nada un problema: el ser humano tiene 12 metros de intestino y la garnacha chilanga lo fortalece y lo expande.  La comida de aquí  tiene la cualidad de llenar. La torta, por ejemplo, es el emblema, un conato de empacho para los electro puros que solo comen kale. 

Aquí se batalla por la escasez de agua, de transporte, de espacio, pero nunca por escasez de tortas. Están por todos lados, en puestos de lámina con su plancha metálica caliente; en todas las presentaciones y de medidas escalofriantes. Hay, por ejemplo, un legendario lugar en la Avenida del Recreo 150, Iztacalco, donde la torta chica pesa medio kilo, la mediana kilo y medio y la jumbo cinco kilos. Cinco kilos de mantequilla, queso manchego, cebolla, jitomate, aguacate, crema, pierna al horno, chipotle almendrado con cacahuate y, para acompañar  la única “agua masticable” del mundo, (según los del puesto). Lleva leche condensada y fresas. Por si no había sido suficiente lo demás. 

Pero tortas de pierna hay en todo México, con panes mucho más decentes. El pan de las tortas chilangas, la telera, es una masa insípida capaz de bloquear el esófago por sí misma. Ahora que convertida en lo que podría considerarse la insignia de la gastronomía capitalina, es una contundente aglomeración de maíz y harina que se pasa, o se intenta pasar, con otro clásico ancestral que no brilla por su ligereza: el atole. La tortas que hay que probar para presumir que uno conoció la tradición son de tamal y chilaquil. Vamos al desglose de términos. Tamal: cilindro de maíz apretado con un poco de carne en el centro. Chilaquil: pedazos de tortilla reblandecida con salsa verde o roja, crema, pollo y queso. Hagan sus cuentas, telera+tamal o telera+chilaqulil, = a  una bomba de energía, un pleonasmo de masa para no sentir hambre el resto del día (o del mes) y por menos de 30 pesos. 

La versión más dietética lleva el tamal al natural, o sea, sin freír. Cuando éste se fríe el refinado platillo cambia su nombre: torta guajolota. Basta ver el cilindro de maíz burbujeando en un cazo de  aceite ardiendo para sentir agruras, pero poco veneno nunca ha matado y menos en esta ciudad.  La telera funge como un una cobija para el tamal que queda suave por dentro y crocante por fuera, bañado, todo él,  con salsa verde y pa que resbale, su atolito en vaso de unicel. . La mejor que he probado está en Iztapalapa, en la esquina de Anillo Periférico y Revolución Social, un poco lejos para ir sólo con ese noble propósito. Si la curiosidad te mata, da un paseo por cualquier pasillo garnachero (Hay uno kilométrico, conocido como garnalia, sobre Ejército Nacional). 

La torta de chilaquil es muy distinta y muy popular y muy codiciada, sobre todo en una esquina mundialmente conocida como “La esquina del chilaquil”(Alfonso Reyes y Tamaulipas, Condesa) donde en la tardanza está el peligro porque se acaban temprano y en los días de cruda la fila rodea la manzana. La bomba atómica de la casa es una telera rellena de chilaquiles verdes y cochinita pibil, cebollita morada y una generosa cantidad de crema. También puede llevar pollo y milanesa, esa carne empanizada, grasosa, plana, gigante, otro emblema de esta ciudad que da para otra reseña. 

 

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